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Os presento a mi abuela, Catalina.

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*Aunque ustedes no se vayan a dar ni cuenta, yo me veo venir lagrimón con este post. Lo veo, veo…

Recuerdo que para cuando el colegio acababa, el calor en nuestra casa ya era insoportable. Así que me bajaba a la de mi abuela. En los últimos escalones ya notabas la brisa fresca como un salvavidas. Yo me sentaba en el suelo, que estaba helado, a mirar telenovelas que no entendía hasta que me quedaba dormida. El caso es que la imagen que tengo asociada a un mes de junio y a esa brisilla deliciosa es la de mi abuela sentada en su sillón, con las piernas en alto y un pañito encima donde ponía los hilos que iban trepando hasta sus agujas y con su tintineo incesante se iban convirtiendo en manteles, rebecas, colchas de verano y, por supuesto, adornos para el ajuar de su nieta. Mi abuela ha hecho ganchillo, por lo menos, por lo menos, desde que yo la conocí 

Pero la vista le falló, aunque le quedasen las ganas, y hubo un día en que guardó los hilos y sus trapitos en el baúl gigante que hay a la entrada de su casa. No sé exactamente cuándo porque para entonces seguro que en mi casa ya teníamos aire acondicionado y yo una edad en la que el ganchillo ya no me interesaba nada.

Y años después de que se le fuera la vista, se le fue la cabeza. Y ya no importaba el calor, ni el frío, todos nos bajamos a vivir a su casa.

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Hace no mucho le contaba a mi madre la locura de llevarle canastos de paja y que ella me los bordara. Como ya la conocéis os podréis imaginar que no se arrugó una miaja. Todo lo contrario. Le dejé los bolsos en casa y en mi siguiente visita encontré sobre mi cama una bolsa con un contenido que me ha traído de vueltas todos estos recuerdos de mi infancia: los manteles y puntillas de ganchillo de mi abuela.

¡Ni se me pasó por la cabeza pensar que quería usarlos! Pero aun mi propia madre me guarda sorpresas… Le dije “mamá, ¿no te da pena?” y ella me contestó: “¿Pena? Ninguna. Me gustaría que lo que hizo tu abuela viese mundo. Me hace mucha ilusión

Es curioso cómo los años nos acercan a nuestras madres y se van diluyendo por el camino todas las diferencias que veíamos insalvables en la adolescencia, se nos hacen más livianos esos refunfuños que antes nos parecían cansinos y encontramos incluso admiración en cualquiera de sus logros cotidianos.

Yo en la mía encuentro ahora una profundísima admiración por ese corazón tan noble, porque halla felicidad en la felicidad del otro y porque es una persona hecha para dar de forma totalmente desinteresada.

Mi abuela está viviendo sus últimos días en la cama de la habitación más fresquita de su casa, que era donde dormía la siesta y donde hacíamos fiestas de pijama, ella y yo como únicas invitadas. Y mi madre la está cuidando con tal entrega y amor que vivo esas escenas absolutamente maravillada por la belleza que existe pese al sufrimiento.

Entonces entiendo, en su afán de dar, que esto que os presento a continuación ella lo ha interpretado como una forma preciosa de unirnos a las tres y de hacer historia con unos hilos y unas horas de sus vidas que ya no estarán en ese baúl.

Puedo decir, como portavoz de las tres,  que deseamos que los aprecies como las joyas que son y que los lleves contigo a muchísimas nuevas aventuras:

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Al desempolvar el trabajo de mi abuela, mi madre escogió esta cenefa de ganchillo que tiene más de 20 años y la hizo mi abuela a mano antes de que le fallase la vista. Recuerdo el movimiento mecánico de sus agujas de metal y cómo me quedaba embobada pensando que esos palitos eran poco menos que un par de varitas mágicas. Ahora este bolso se llama Catalina, como ella, y aunque es nuevo ya tiene años de historia.

La camisa blanca está a la venta aquí.

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Estas flores de ganchillo formaban juntas un pequeño paño sobre el que mi abuela ponía una jarra preciosa de cristal llena de agua. Es otra imagen de los veranos de mi niñez.

El bolso se llama Catalina y las flores.

Y si quieres el conjunto, la camisa de lunares es una novedad de la shop. Aquí.

Además mi madre ha aportado su toque especial, que ya sabéis que es el bordado. Esa labor que tantas cosas bellas consigue. Y aunque era un reto meter la aguja en estos capazos de palma natural, que son artesanía pura española, el resultado no puede ser más espectacular:

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Y ya llegó un momento que se vino tan arriba que fue a una pequeña mercería del pueblete que tiene los mejores materiales para labores, cuidadosamente seleccionados por Isabel, la dueña, y hechos en España por las fábricas con más experiencia y tradición. Allí escogió puntillas de algodón y cenefas de borlones y se fue a casa a coserlas a mano:

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Los capazos son pura artesanía española: tradición, trabajo y materiales naturales. Cuidados con mimo por una familia de artesanos de Andalucía con más de setenta años de experiencia en la cestería.

Son los auténticos bolsos de palma que te acompañarán cada verano hasta que pierdas el recuerdo de cuándo fue el primero. Llévalos con vestidos frescos y vaporosos, con encajes, con sombreros… Mánchalos de arena y llénalos de ramas secas.

Estoy entregá con el trabajo de mis mujeres. Una locura. ¡No veía el momento de estrenarlos! Pero las fotos me han emocionado muchísimo, creo que transmiten tanto como todas las palabras que he usado en este post para haceros llegar lo especiales que son estos bolsos, su autenticidad, su cantidad de amor, la calidez de tener cosas con alma… Y es que para cualquier foto que tenga que ver con el mundo femenino, desde desnudos hasta bolsos, no conozco mejor ojo que el del darling, Emilio Jiménez.

Gracias por leer, esta vez de forma especial, por acompañarme en un post tan íntimo.

Isabella.

 

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